[Esto iba a ser un comentario, contestando sobre todo a Señá y a Rociolat, pero se me fue de las manos...]
(La verdad es que desde que tengo este blog cada poco tiempo me pregunto cómo me atrevo a escribir sobre ciertas cosas. Me intento justificar pensando que solo hablo de mí y, aunque lo haga en público, para mí.)
Cuando hablaba de volver me refería a regresar física, realmente, a los sitios de mi niñez y a encontrarme con gente que desde hace tiempo ya no forma parte de mi vida diaria. Pero esta vuelta es además algo simbólico, y lo que hacen esos lugares y esas personas (entre las cuales por supuesto están, y de primeros, mis padres, aunque ese es otro tema) es recordarme a mí mismo entonces, o al menos a mi recuerdo del que fui. Una vez enfrentado a eso, lo siguiente es sentir la tensión entre mis deseos (no importa que sean recordados, supuestos o imaginados; este regreso hace de catalizador para aclararlos) y la realidad que veo.
Escribí algo relacionado con el tema cuando el blog era un bebé: aquí. Y aunque en gran parte sigo temiendo lo mismo, creo que ese texto, el modo en que resume el regreso, la visión que elige dar, es el resultado de una mirada triste, pesimista. Porque mirando atrás uno se descubre, paradójicamente, pesimista u optimista.
De eso va el anterior post, del encuentro con el pasado y de las preguntas que éste nos hace sobre nuestro presente (uy, como dice Jesús Miramón, corro graves riesgos de convertirme en Paulo Coelho... si es que no lo soy ya).
Porque de eso se trata, de nuestro presente. Este reto, esa prueba de la que hablo, que va a hacer que inevitablemente nos juzguemos y seamos conscientes de cómo estamos, nos debería enseñar que es desde el presente desde donde construimos y valoramos (si es que ambas cosas no son lo mismo) nuestra vida.
Todas las opciones ante la vida y su sentido me parecen legítimas. Pues ni siquiera la felicidad es un deber. Pero, en cualquier caso, todos los esfuerzos que queramos hacer debemos hacerlos ahora.
A veces esa lucha consiste en poner al mal tiempo buena cara, en sobrellevar desgracias seguramente insuperables; otras, tenemos la suerte de que nuestros lastres son más fáciles de soltar. Cambiar lo que no nos gusta de nosotros, evitar repetir nuestros errores, luchar por satisfacer nuestras expectativas o por reconciliarnos con ellas, etc. Todo lo tenemos que hacer hoy, y solo hoy podemos hacerlo (recuerden, llámenme Paulo).
Uno de mis grandes temores ha sido siempre la frustración: volver un día la vista atrás y descubrir que mi vida no había sido lo que yo quería, que había pasado por ella sin vivirla del todo, que había desaprovechado mi única oportunidad. Y después de años lamentándome de errores pasados que, pequeños o grandes, parecían poner las cosas cada vez más difíciles, parezco estar asumiendo que esa actitud no tiene sentido, que solo me paraliza y es la que dificulta de verdad todo.
Puedo corregir algunas decisiones, curar algunas heridas, abrir de nuevo algunas puertas (cerrar, casi nunca hay que cerrar ninguna; al final no paramos de pasar por delante con miedo), decidir el rumbo (o al menos el siguiente paso) y aprender.
Yo de grandes desgracias poco o nada sé, por suerte, así que me callo. Pero incluso alguien afortunado como yo tiene cosas que lamentar, de las que se arrepiente.
Y me parece importante comprender que si tenemos alguna posibilidad de cambiar el pasado, es ahora.
Por nuestro futuro.